martes, 27 de septiembre de 2016

La mensajera de los sueños imposibles

Hace ya unos días que terminé este libro pero no sabía cómo hablar de él.



Título: La mensajera de los sueños imposibles.
Autora: Nieves García Bautista.
Editorial: Suma de letras.

Y es que se trata de un libro que tenía todas las papeletas para gustarme, pero no me ha gustado nada. Y aún no tengo muy claro exactamente por qué ha sido. Porque la historia, a priori, es interesante. Una joven francesa vive en Madrid repartiendo cartas y mensajes pero esconde un secreto que se nos irá desvelando a lo largo de la novela.

Lo que me ha pasado con este libro me pasa en raras ocasiones, y me da mucha rabia cuando lo hace: no me lo he creído. En ningún momento me he creído a los personajes, a ninguno de ellos, por inverosímiles, ni la historia que nos cuentan, que también es extraña, y que no me ha llegado porque en ningún momento he conseguido entrar en ella.

La parte que más me ha gustado es la historia de la protagonista, Marie, su juventud en un pueblo de Francia. Pero tampoco he conseguido creérmela, porque pensaba todo el tiempo que ya había madurado, que había pasado algo de tiempo y tendría, no sé, unos veinticinco años, y no, resulta que tenía quince, o diecisiete, pero piensa y actúa como si tuviera más. No está muy claro el paso del tiempo y tiene, para mi gusto, algunas incongruencias que me hacen salirme de la trama una y otra vez.

La historia carece de credibilidad por todos los lados. No me ha parecido verosímil la caracterización de ninguno de los personajes, ni los principales, ni sus amigos de Madrid; ni siquiera me ha gustado la historia de amor que tiene detrás. Ni el final.

El caso es que, como veis, no la he disfrutado demasiado... ¿se nota? Pero, siendo positivos, la autora consigue que sigas leyendo, porque es una lectura sencilla, sin grandes pretensiones. No se hace pesada y se lee fácil.

Esta vez no la recomiendo, aunque he leído muy buenas críticas de esta novela, que llegó a mis manos gracias a Edición anticipada.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Sin libros de texto

Estos días estoy trabajando un montón de horas.

No me gusta quejarme, pero tengo mucho que preparar y me paso la mañana en clase y las tardes enteras, hasta bien entrada la noche, preparando las clases.

Esto es lo normal en cada septiembre, preparación de clases. Pero el trabajo que tengo este año es muchísimo mayor porque tengo una asignatura nueva para mí y porque no les he pedido a mis alumnos libro de texto, por lo que estoy preparando todas las unidades, el material fotocopiable, los proyectos..., todo.



Y me está resultando bastante duro, pero también gratificante, porque es la primera vez que tengo libertad absoluta para programar y hacer con una materia lo que yo quiero. Y sería bastante incongruente que ahora les pidiera un libro de texto (que, por cierto, de esta materia son en general un horror) y me ciñera a lo que en él pone.

¿Cómo trabajar todas tus horas sin libro de texto? Pues currándotelo bastante ahora al principio, pero, una vez preparado, puede servirme de base para los años venideros, por tanto el trabajo no será para tanto.

He cogido el currículo de la dichosa LOMCE y, simplemente tomándolo como base, estoy preparando mis temas y mis clases.



Y me he dado cuenta de algo (ya sabéis que soy muy inocente y me caigo de la higuera con bastante dificultad), me he dado cuenta de que las editoriales nos han vendido los nuevos libros sin haberse leído la ley, o pensando que los profesores queremos seguir enseñando lo mismo aunque los contenidos hayan cambiado por ley. Creo que esto último es lo más probable, que las editoriales hagan los libros que creen que los profesores queremos.

El caso es que siempre me he quejado de que en Lengua acabamos explicando lo mismo año tras años, que qué rollo y tal, y ahora que nos han cambiado los contenidos, los libros NUEVOS traen prácticamente lo mismo que traían antes. ¿En qué son nuevos? En precio y en que los padres no puedan reutilizar los de los hermanos y tengan que comprarlos.



No sé, igual que el debate de los deberes está abierto, también lo está el de los libros de texto. ¿Son útiles? Sí, por supuesto. ¿Deberíamos quitarlos todos? No lo creo. ¿Deberíamos ceñirnos a un libro de texto durante todo el curso? Tampoco lo creo.

Hay dos cosas que no me parecen bien. La primera es que se pida un libro de texto, que en secundaria cuestan entre treinta y cuarenta euros, y luego no se utilice todo lo que se pueda. Porque el gasto inicial es importante. Y la segunda es que nos hayamos acomodado a los libros de texto como si no se pudiera salir de ahí, porque es más cómodo, porque viene todo más explicado a los alumnos, porque nos facilitan la tarea.



Cuando yo hice BUP y COU, hace ya una eternidad, tuve muy pocos libros de texto, y cuando digo muy pocos me refiero a tal vez cinco o seis en los cuatro años de instituto. Nunca usé mochila y llevaba mi carpeta y uno o dos libros en la mano cada día para ir a clase. Y como yo casi todos mis compañeros. Desde entonces las cosas han cambiado mucho, y creo que con la LOGSE y la incorporación a los institutos de alumnos más pequeños, se perdió el norte con respecto a los libros de texto.

Debemos ir encontrando el camino, y no creo que los libros de texto sean de por sí malos, pero no son imprescindibles.




domingo, 25 de septiembre de 2016

Un domingo de otoño

Hoy es el primer domingo del otoño.



Un otoño que, de momento, se presenta plenamente otoñal, como a mí me gusta.



Hace sol y una temperatura estupenda, pero por las tardes hace falta una cazadora y se te quedan los pies fríos.



La luz es esa maravillosa luz de septiembre, tan especial...

Y... ¿qué voy a hacer en este domingo?

Pues quedarme en casa trabajando.

Tengo muchas cosas pendientes, me he levantado un poco pronto y ya llevo un rato en el ordenador, poniendo claras las ideas y terminando al menos lo de las próximas dos semanas, para ir un poquito más desahogada de aquí en adelante.



Y esta tarde viene mi cuñada a tomar un café, porque cambiamos y renovamos el salón y quiere verlo. Así que en breve meteré un bizcocho en el horno, algo que también me encanta del otoño: hornear, lo que sea y como sea.


Se me ocurren cientos de planes mejores, pero hoy no voy a moverme mucho de estas cuatro paredes. Y no me quejo, porque quedarme en casa suele ser un plan de domingo muy apetecible.