viernes, 6 de marzo de 2015

Quiero ser mejor profesor

En estos días estoy reflexionando mucho sobre mi trabajo. Es lógico, siempre lo hago, pero más aún cuando estamos inmersos de lleno en un cambio educativo, en una reforma que nos trae cosas nuevas, pero que (y es mi opinión) es más de lo mismo, y no representa el verdadero cambio que nos gustaría ni esperamos muchos de los profesionales que nos dedicamos a la enseñanza.

Yo quiero ser mejor profesora, de verdad, pero hay muchas cosas que me lo impiden.

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Hoy, por ejemplo, quiero comentaros una cosita, una pequeña, que puede parecer una tontería desde fuera, pero que a mí lleva años haciéndome perder la paciencia.

Quiero tener una clase sólo para mí. Mi clase.

No sé si me explico. Quiero tener un aula-materia y que sean los alumnos los que se muevan a ella y no yo por todo el instituto. No es cuestión de comodidad mía, es cuestión de aprovechamiento del tiempo. Os lo explico.

Ayer, por ejemplo, mi primera clase era 1º de la ESO. Veinticuatro alumnos en una clase de buen tamaño pero en la que, no sabemos por qué, hace siempre demasiado calor y el ambiente está enrarecido (sí que sabemos por qué, tenemos un par de alumnos con problemas de higiene, pero su tutora, o sea, yo misma, ya ha hablado con ellos y con las familias y no ha conseguido nada).

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Quiero enseñarles un vídeo que han grabado en el departamento de Historia sobre el papel de la mujer en la historia del arte.

Enciendo el ordenador. Tarda en cargar, no conecta internet. Por fin lo hace. El profesor anterior ha dejado desconectados los altavoces, el mando a distancia del cañón está bajo llave en la mesa del profesor, hay que mandar a un alumno a por la llave y esperar a que vuelva.

Por fin conseguimos ponerlo. Han pasado diez minutos. Quince minutos aproximadamente para poner un vídeo que dura tres.

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A la salida, tengo que mandar a otro alumno a devolver la llave del cajón. Voy volando a mi siguiente clase. 3º. Allí toca lectura conjunta. Estamos leyendo Mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea. Los alumnos acaban de terminar un examen, por lo que han distribuido las mesas a lo largo y ancho de la clase. Pero leemos de dos en dos, y les pido que estemos un poquito juntos, creando ambiente más de biblioteca que de clase. Entre los que tienen que ir al baño después del examen y los cambios de mesas y sillas hemos perdido otros diez minutos. No es tan importante, pero se podría evitar.

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Después tengo una guardia, y después del recreo tengo otro tercero, en el que tengo examen, pero el aula está ocupada por otros alumnos mientras los míos están en Educación física, y tardan un poquito en salir. No es mucho, pero estamos en el pasillo y los ánimos empiezan a revolverse, dos alumnos están a punto de pelearse. Para cuando entramos en clase y nos colocamos, tengo finalmente que echar a uno de los dos para calmar las cosas.

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A última hora tengo con segundo. Estamos trabajando en grupo, lo que supone hacer un cambio radical de la distribución de la clase cada vez que entro. Y otra vez antes de salir para no dejarle todo desordenado al próximo profesor o a los de la limpieza.

Lo que me gustaría.

 Una clase para mí, con el ordenador en marcha, el cañón dispuesto, tizas, rotuladores, todo preparado, libros en una estantería, a disposición de los alumnos, las mesas distribuidas como yo quiera en cada momento, mis materiales allí, los trabajos de mis alumnos en las paredes, tablón de anuncios, corchos con materiales... Eso pido. Y no hay manera. Pero es que cada vez lo necesito más.


Aquí, aquí y aquí, por ejemplo, ya lo están haciendo.

jueves, 5 de marzo de 2015

Hablando claro

- Mamá, tengo que decirte una cosa.

- ¿Qué, mi niño?

- A veces digo palabrotas.

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- Pues ya sabes que no me gusta nada, que está muy feo decir palabrotas.

- Es que en el cole tooooooodos dicen palabrotas.

- Seguro que no son todos, y además, ¿qué sentido tiene hablar tan mal?

- Ummm... no sé.

- A ver, y ¿qué palabrotas dices?

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- Digo gili... y lo que sigue, y también la que empieza con j, y también hijo de...  y lo que sigue.

- La peor de todas es la última. No quiero que uses ninguna, pero mucho menos la última, porque no insultas a un niño, sino que te metes con su mamá.

En este momento empieza a llorar.

- Yo no lo sabía.

- Claro, es que usáis palabras que no sabéis lo que quieren decir.

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- Pero eso no es todo.

Ay, madre, no me imaginaba hacia dónde se dirigía la conversación.

- También he dicho una vez la que empieza por f...

- ¿Por f...?

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- En el cole todos están siempre diciendo fo... y lo que sigue, y "que te fo..." y lo que sigue, y yo lo he dicho una vez...

- Pero bueno, esa palabra es muy fea y no debería usarla nadie, pero menos un niño. Y además (y aquí es donde meto la pata hasta el fondo...) ni siquiera sabéis lo que quiere decir.

- Sí, sí que lo sé.

- A ver, dime.

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- Fo... es meter el pene en la vulva de una chica.

Pone cara de asco.

- Y además dicen que hay que hacerlo para tener hijos.

- Sí, es verdad.

- Pero papá  y tú no habéis hecho eso nunca ¿verdad?

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A estas alturas no sabía dónde meterme.

- Claro, a ver de dónde te crees que has salido tú. Pero para eso hay que ser muuuuuuuuy mayor.

- Yo no pienso hacer eso nunca.

- ¿Nunca?

- Nunca. Puaggggg.


Aún estoy en shock, así que no soy capaz de decir nada.

Todas las imágenes son de esta página, de un fotógrafo que me ha maravillado.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Invencible y El francotirador

Tengo un montón de películas vistas, algunas de enero incluso, de las que os quiero hablar pero nunca encuentro el momento. Así que hoy va una entrada conjunta sobre dos películas.

¿Por qué estas dos? Por el tema bélico y porque ambas están basadas en hechos reales.

Primero vimos Invencible, hace ya un tiempo.




La gran apuesta de Angelina Jolie para los Óscars de este año (que como no le salió muy bien, se enfadó y no fue a la ceremonia)

Me parecía que podía ser interesante.

Título: Unbroken.
Directora: Angelina Jolie.

El argumento: un joven que, a base de esfuerzo, consigue ser un atleta destacado e ir a los Juegos Olímpicos, es hecho prisionero en Japón durante la Segunda Guerra Mundial.

La película está muy bien. Y siendo de la Segunda G. M., en mi casa es de obligada visita al cine.

Peeeero...

En primer lugar, me pareció, nos pareció a todos, una película vista mil veces, en distintas versiones y con distintos protagonistas. No me parece que aporte nada nuevo al género.

Y, por otra parte, no nos emocionó. Mi hijo mayor me dijo al entrar: ¿Vas a llorar mucho? Porque él y yo, a dúo, nos pegamos unas lloreras monumentales en algunas películas. Pensaba que sí, pero no, y eso que últimamente estoy muy blandita, más que de costumbre.


Quizá las escenas de la barca sean las que más nos han gustado.

Creo que el único elemento de emoción es el final de la película, y no por el argumento, sino por basarse en hechos reales, y poner imágenes del personaje real en que se basa.


El francotirador en casa nos ha gustado más.

También tiene mucho que ver con mi historia personal, porque mi hermano pequeño estuvo en la guerra de Irak durante seis meses, y el argumento me tocó bastante cerca.


Título: El francotirador.
Director: Clint Eastwood.


La historia: un hombre se convierte en tirador de élite del ejército norteamericano y es enviado a Irak a la guerra. Cuando regresa no consigue volver del todo ni relajarse, y se reengancha tres veces más para seguir haciendo allí lo que él considera su deber.


El personaje protagonista no sé si no está muy bien dibujado o que conscientemente han intentando un alejamiento del espectador hacia su personalidad. No termina de caerte bien ni mal. También es cierto que basarte en un personaje real e intentar sonar creíble es un poco difícil, y en este caso me parece que lo han conseguido.


Tiene escenas de guerra rodadas maravillosamente. Pero me han gustado especialmente los últimos minutos.

Vale, no es la mejor película de Eastwood que he visto, y no me ha entusiasmado, pero me ha gustado.

¿Las habéis visto? o ¿no os llaman la atención?