viernes, 20 de enero de 2017

Imagen

Ayer estuve pensando, a raíz de algunas conversaciones de los últimos días, en cómo somos y cómo nos mostramos.



Creo que en todos nosotros hay tres imágenes diferentes: cómo nos ven los demás, la imagen de nosotros mismos que queremos mostrar y lo que somos en realidad.

Si sabemos vendernos bien, probablemente la imagen que queremos dar y la que tienen los demás de nosotros sean bastante parecidas, pero nunca iguales. Ahora, lo que somos, como somos de verdad, eso solo lo saben los más allegados, y a veces ni eso.



Por ejemplo, yo misma. Suelo publicar a diario y puede que algunos de los que pasáis por aquí penséis que soy una persona bastante organizada. A mí me encanta que lo penséis porque eso está muy lejos de mi realidad, y es que soy un desastre con patas. Soy, por ejemplo, muy desordenada, y aunque a veces lo he dicho por aquí, me temo que muchos tenéis formada ya vuestra propia opinión y pensaréis que exagero. Pero no es así.

Ahora mismo escribo esto a toda prisa, porque la idea la tenía pero el tiempo no, mientras se me termina de imprimir una prueba escrita que tenía para hoy, que yo sabía que tenía para hoy desde hace diez días y que me acordé anoche, justo cuando me estaba durmiendo, de que no la había hecho.

Hace un par de días pedí permiso la última hora de clase para reunirme con la tutora de mi hijo y aún no he entregado el justificante de haber faltado.

Los platos de anoche siguen repartidos por la encimera de la cocina y acabo de firmar una autorización a mi hijo mayor para una excursión en el último minuto del último momento.

No me organizo bien, aunque pudiera parecerlo.



Y eso, como os decía, es solo un ejemplo. Pienso en esas personas conocidas en las redes sociales, esas que muestran una cara perfecta, un cuerpo escultural, una ropa fantástica, una casa maravillosa, un escritorio ordenado, una comida perfecta, unos hijos que parecen siempre sacados de una revista, porque eso es lo que quieren enseñar, pero no sabemos nunca qué hay verdaderamente detrás.

Seguro que ya habéis visto este vídeo...


jueves, 19 de enero de 2017

Para acabar con Eddy Bellegueule

Este libro lo saqué de instagram, de uno de esos hastag lectores que tanto le gustan a Dina. Gracias a uno de ellos di con la cuenta de @queridajuliet, de la que ya he apuntado un montón de libros para leer.



Título: Para acabar con Eddy Bellegueule.
Autor: Edouard Louis.
Editorial: Salamandra.

Se trata de un libro duro, pero escrito como desde la distancia, como si cuentas algo que te duele tanto que prefieres hacerlo como si le hubiera ocurrido a otro, como si tú ni siquiera estuvieras allí.

Está basado en la propia experiencia de niñez y juventud del autor, así que el personaje principal es él mismo. Y, como digo, se muestra distante hacia muchas de las experiencias que ha vivido por ser duras para él de contar.

Eddy es consciente desde pequeño, quizá desde su nacimiento, de que es diferente a los demás. Sus padres y hermanos también, y su entorno, por supuesto. Pero todos, incluido él mismo, reacciona violentamente a su condición de homosexual.

Lo que más me ha sorprendido de este libro, y que llevo dando vueltas un par de días, es que el autor es muy joven, nacido en el 92, y nos describe su pueblo como un lugar absolutamente brutal, digno de una novela de Zola. La incultura, la falta de medios para salir de un círculo vicioso de alcohol, pobreza, prejuicios, los papeles repetidos una y otra vez en padres e hijos... parecen asombrosos en esta época. Y sin embargo están ahí, palpables, y es quizá lo que más me ha impresionado.

Un pequeño fragmento:

“Yo no era capaz de concentrarme y mi madre no podía concebir —quiero decir que de verdad no estaba en condiciones de hacerlo— que fuera posible prescindir de la televisión. La televisión había formado toda la vida parte de su paisaje. Teníamos cuatro en una casa pequeña, una por dormitorio y otra en la única habitación común, y a nadie se le ocurría siquiera pensar si a alguien le gustaba o no. La televisión, como la lengua y los hábitos en el vestir, le había venido impuesta. No comprábamos los televisores, mi padre los cogía de la basura y los arreglaba. Más adelante, cuando iba al liceo y vivía solo en la ciudad, mi madre, al darse cuenta de que no tenía televisión, pensó que estaba loco; había efectivamente en su tono de voz esa angustia y ese aturullamiento que se les nota a quienes se topan de pronto con la locura Pero entonces ¿qué haces en todo el santo día si no tienes televisión?

miércoles, 18 de enero de 2017

Libros y alumnos: una duda

Tengo una duda que me está volviendo loca últimamente y tiene que ver con mi trabajo. Os lo planteo:




Desde siempre me han gustado los libros y por tanto las labores de fomento de la lectura. En los últimos años, en mis dos centros anteriores y también en este, o bien he tenido la responsabilidad del Plan de Fomento de la lectura o por lo menos me han dejado hacer lo que he querido en ese terreno.

Y siempre he tenido bastante éxito con los libros que escojo para mis alumnos, porque leo mucha literatura juvenil y, cuando lo hago, pienso siempre en si a mis alumnos les gustaría leer eso o no.




En los últimos años además me propuse llevar autores a las aulas, y algunos han venido porque las editoriales tienen cada año uno o varios "en oferta" para ir a los institutos, y otros gracias a una labor de insistencia cercana al acoso por mi parte.

Pues bien, aquí está el problema. Los autores vienen cuando tú pides a los alumnos que lean determinado libro, y eso me está dando poco margen para leer con mis alumnos otros libros que me gustaría que leyeran, que sé que les van a gustar más y que les van a llevar mejor por el camino de la lectura.




Este año, por ejemplo, mi compañera contactó con un escritor, con lo que ya teníamos una lectura asegurada, y yo con otros dos. Así que apenas tengo posibilidad de que lean nada más, y me da mucha pena, porque, a pesar de que los libros que les hemos programado para este curso no están mal, ni mucho menos, sé que otros libros les engancharían mucho más a la lectura y los disfrutarían muchísimo más.

Así que me estoy planteando si es tan bueno que los escritores vengan a los centros o si sería mejor dejar el terreno más libre a otras lecturas que, dependiendo del grupo, puedan gustarles más.




Ya sé lo que me vais a decir, que combine ambas opciones. Y eso está bien en teoría, pero lo cierto es que cuando pides a las editoriales que te ofrezcan algún escritor, te metes en una vorágine de la que es difícil escapar.